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Francisco Ferrer: ¿una escuela por la [Revolución] Social?

El autor ya evocó a Ferrer i Guardia hace diez años con esos párrafos de introducción al sindicalismo enseñante de CNT de Francia:

 ¿Qué permanece de la herencia de Ferrer noventa años después?  Al asociarse a las ediciones de la “CNT Región parisiense” para publicar este inédito sobre Francisco Ferrer [Ramón Safón Le rationalisme combattant Francisco Ferrer y Guardia, París CNT-RP, 2002], la Federación de Trabajador@s de Educación de CNT [de Francia] entendía rendir más que un homenaje a un pedagogo y a un militante ejecutado hace más de noventa años.

 A través de este texto, deseamos reavivar una memoria, la de las luchas por otro mundo y otra escuela, que hacen eco a nuestro combate actual.

 Cuantas similitudes, en efecto, entre nuestra intervención sindical y la acción de hombres tales como Francisco Ferrer. El lector habrá observado, a lo largo de esas pocas páginas, que la lucha del pedagogo español por cambiar la escuela es indisociable de su compromiso por derrocar esa sociedad de injusticia y desigualdad.

 Hoy aún, no se puede comprender la acción de los militantes de CNT en la educación sin referirse a este doble proyecto emancipador.

Ahora nos da una interpretación que es una herramienta importante para el centenario de Ferrer i Guardia.

Frank Mintz, enero de 2009

 

Francisco Ferrer: ¿una escuela por la [Revolución] Social?

 13 de octubre de 1909: es ante el pelotón de ejecución, en los fosos de Montjuich en Barcelona, donde Francisco Ferrer da su última clase. El eco del disparo fatal se repercute a través de todo el planeta: cerrar su escuela no bastó, ellos tuvieron que liquidar también físicamente al pedagogo.

 

En las grandes metrópolis obreras de Europa o América,  varias concentraciones de protestas acabaron a veces – como en París – por un motín. En Argentina, en Uruguay, se decretó la huelga general... (1)  Y desde entonces, el nombre de Ferrer sirve de bandera a cuantos se alzan contra el oscurantismo religioso y la injusticia social. « Francisco Ferrer pensaba que nadie es malo por voluntad propia y que todo el mal que está en el mundo viene de la ignorancia. Por eso le asesinaron los ignorantes y la ignorancia se perpetúa todavía hoy en día a través de nuevas e incansables inquisiciones. Frente a ellas, no obstante, algunas víctimas, como Ferrer, siempre seguirán vivientes.», escribió Albert Camus.

La martirología nacida del asesinato de Ferrer merecería en sí un artículo. Un poco por todas partes en el mundo, estatuas y monumentos saludan su combate; calles, escuelas, centros culturales de barrios, llevan su nombre (2). Ningún otro pedagogo es acaso portador de tal carga simbólica y polémica (3).

Mientras que el homenaje rendido al mártir de Barcelona se para a menudo ahí, ¿por qué no prestar el oído y encontrar, más allá del ensordecedor eco del fusilamiento, la palabra del educador y del hombre de acción?  Buscar comprender, cómo la posteridad hizo de ese « oscuro pedagogo, una figura universal [...] el representante más célebre del movimiento por la educación libertaria », según la provocadora formula de P. Avrich.

El contexto de la muerte de Ferrer no agota su alcance. Todos sus comentadores presintieron esa paradoja y se esforzaron por compensar la indigencia de la herencia pedagógica  -« Francisco Ferrer no se distingue por la originalidad o por la profundidad de sus textos » A. Nova y C. Vilanou- (4), por una meticulosa exploración de su existencia. Como si la biografía –algunas veces novelada – podía camuflar los fallos de la teoría. Saludado por Freinet – que se apropió el « label [la marca] » Escuela Moderna (5) –  evocado por Illich, Freire... la sombra ambigua de Ferrer se cierne sobre la historia de la pedagogía.

 

Una herencia decepcionante

 

Sin embargo, los seis principios constitutivos de la Escuela Moderna – coeducación de los sexos y de las clases sociales, higiene escolar, autodisciplina, autonomía y libertad del niño, rechazo de los exámenes – si sacudieron los cimientos de la sociedad y de la enseñanza clerical y burguesa de la época, no son una novedad verdadera puesto que se encuentran en ella  las referencias de la educación libertaria expuestas pero sobre todo experimentadas en Francia por Paul Robin o Sébastien Faure varios decenios antes. Ni revolución teórica ni prácticas metodológicas inéditas; adelantos didácticos impactantes tampoco: discípulo, antes que precursor, Ferrer, abre las puertas de su escuela veinte años después de la “Ruche y  Cempuis”. Incluso en España, « a primera vista esa escuela era una más entre las seiscientas y algo más que existían en Barcelona a inicios del siglo, ciudad donde se podía encontrar tantas escuelas como grupos ideológicos y opciones políticas: laicos, espiritistas, evangélicos, anarquistas o internacionalistas, católicos, obreros, burgueses, catalanistas y republicanos, mantenidos y controlados por los grupos y grupúsculos respectivos » (B. Delgado). Si se descarta un instante la negativa de los exámenes, la autonomía del niño y el acento puesto en la autodisciplina, esa escuela « mixta, laica, racional y científica » según la fórmula de Maurice Dommanget, ¿acaso merece que nos detengamos de otro modo que para observar que se adelanta a su época. ¿No habrá desactivado la educación actual, al validar las audacias de Ferrer, retrospectivamente cualquier pretensión « revolucionaria »? Una escuela moderna hoy marcada por el arcaísmo: ¿la fórmula – ¡fácil! –  acaso sólo es una mera pirueta retórica? Las carencias del método, principalmente apuntalado por un cándido humanismo cientista y un optimismo indefectible en la naturaleza humana – e infantil – dejan en efecto asomar una sospecha sobre la « modernidad » de ese modelo racionalista.

Por supuesto, Ferrer defiende una educación liberada de los exámenes, predica la auto-disciplina y la libertad del niño pero sin salir de las declaraciones de principios y proponernos las herramientas que podríamos captar hoy por hoy. Otros supieron conservar su actualidad: Oury, Freire y hasta Freinet cuyas prácticas, también marginalizadas, permanecen de una modernidad incontestable.

Si el optimismo de Ferrer consuela, queda por saber cómo superar los errores del cientismo y colmar las lagunas de la experimentación.

 

¿Moderna, la escuela de Ferrer?

 

Y sin embargo, todo está reunido, como en relieve, así como lo atestiguan los elogios de los visitantes: el rechazo casi maniático de toda parcela de dogmatismo, la libre discusión con los niños, como una premisa de los debates filosóficos, la correspondencia cuya forma se adopta en el manual de lectura, las salidas escolares al campo o a la fábrica, el destierro de toda  reprimenda, sanción o castigo, la desaparición de los exámenes, e incluso la atención prestada a la elaboración de un mobiliario de verdad adaptado a la fisonomía de los niños. Se podría, como algunos no dejaron de decirlo, añadir a la lista de nuestros « asombros » la del « Consejo », el apoyo mutuo, la cooperación, o aún la libre frecuentación... ¡por qué no! Pero enseguida exclaman, como Jean-Pierre Caro y otros muchos « ¡quisiéramos saber más sobre eso! », para zanjar entre el fantasma y la realidad.

Para salir de este callejón bizantino, una hipótesis merecería ser explorada: ¿y si, deseando ver  en Ferrer a un precursor de todas las futuras pedagogías emancipadas y emancipadoras, estuviéramos siguiendo una falsa pista? ¿Si, más allá de los principios libertarios generales, Ferrer hubiera salido a explorar una vía que sólo le pertenece? Se conoce el fastidio de Freinet, por ejemplo, frente a esos principios demasiado vagos (y en el contexto francés de una « recuperación » hábil de algunos temas progresistas para la escuela de Ferri [creador en Francia de la educación obligatoria, laica y gratuita a fines del siglo XIX): « Son las técnicas pedagógicas las que van a permitirnos la marcha adelante hacia la dirección prevista por nuestro método. Este es pues el objetivo, la dirección, la línea; las técnicas son los medios de acción. » (Célestin Freinet, L’Éducateur prolétarien, n° 10, fév. 1935). ¿Y si Ferrer hubiera optado por otras elecciones que las de la técnica? Una pista que Jean-Pierre Caro (5) no está lejos de invitarnos a explorar cuando él se interesa por esa pasión común de Ferrer y Freinet por la edición. La comparación de los dos catálogos es elocuente: cuando Ferrer ambiciona inundar las escuelas con obras revolucionarias (a veces de pura propaganda...), Freinet publica Plus de manuels scolaires [Más manuales escolares] (1928). No sin malicia, el análisis paralelo de las trayectorias de ambos educadores « modernos » se concluye con una interrogación irónica sobre sus contradicciones pedagógicas y políticas: « Así, el pedagogo libertario Ferrer fue atraído por una transmisión dogmática de un saber liberador, y el materialista pedagogo Freinet quedó durante un momento fascinado por una actitud autoritaria – en el ámbito político y organizativo por lo menos. Nada es simple... » (5)

Por lo tanto hay que buscar en otra parte; hallar la intuición que anima todavía a sus defensores, abandonar la búsqueda de una teoría revelada para exhumar, en la vida misma de Ferrer, esa herencia que nos habría legado. Si es fácil superar la idea que Ferrer es un mito, un mártir o un símbolo, ¿acaso deberíamos también renunciar a ver en él a un « pedagogo »?

 

Una pasión positiva de la destrucción

 

Si él se topa con la cuestión educativa, es en primer lugar por reacción a su propia experiencia: « Sólo tendría yo que tomar exactamente lo contrario de lo que viví », habría declarado a su amigo William Heaford. Moderna, su escuela lo será bajo la forma de una

« venganza » (la expresión es de Maurice Dommanget), porque se presenta como « la negación positiva de la escuela del pasado ». Autodidacta en rebeldía contra el sistema escolar de su tiempo, él se inspira  con rabia en la literatura pedagógica de su época. Pero si organiza una sociedad editorial para difundir obras y manuales conformes al espíritu de su enseñanza, es ante todo con los revolucionarios y los rebeldes, como los del Comité de iniciativa por la enseñanza integral (1898), con quienes prefiere compartir sus intuiciones pédagógicas.

 

Fundador de realidades y realizador de ideas

 

El compromiso militante de Ferrer – probablemente nacido del sentimiento de haber sido frustrado de su educación – no deja de radicalizarse a lo largo de los años y al contacto directo con la injusticia social y quienes la combaten. Su pedagogía no precede el militantismo, antes se presenta como la clave de la emancipación individual y colectiva. Por lo demás no es tanto su enseñanza (su escuela estaba clausurada desde hacía dos años) sino su acción de agitación política la que sirvió de pretexto a su ejecución. Si Ferrer se hace pedagogo, es para  prolongar su acción militante « Me parece que obrar, desde ya, con vista a la abolición de la pena de muerte o por la huelga general, sin saber cómo criaremos a nuestros hijos, es empezar por el fin y perder tiempo. » (Lettre a Melle Henriette Meyer, 11 de mayo de 1902, retraducido del francés).

Agitador más que educador, animador y organizador revolucionario más que « didáctico », el libre pensador, el masón, van a realizarse en el movimiento anarcosindicalista incipiente del que explora con avidez todas las potencialidades. Participó, en 1903, en la fundación del periódico La Huelga General y colaboró en Solidaridad Obrera creado en 1907. Frecuentó los militantes de la futura CNT. Esa elección del sindicalismo revolucionario supera probablemente las meras coyunturas históricas o geográficas. Por ciertos el movimiento era en aquel entonces poderoso en la capital catalana, pero sobre todo, a la diferencia de otras corrientes operarias, lleva en principios y en actos una utopía social, educativa y cultural (ver la resolución del famoso Congreso de Zaragoza) que abarca todas las dimensiones sociales y humanas en las que el universalismo y el humanismo de Ferrer logran florecer.

Ahí radica sin duda la más actual enseñanza de Ferrer: la convicción de la indispensable convergencia entre el combate social/sindical y el combate pedagógico. Casi una regla de vida que no se limita  a posturas o encantaciones. Un « combatiente en educación social [...]   de realidades y realizador de ideas », (Ramón Safón, [Le Rationalisme combattant, Francisco Ferrer y Guardia, París, CNT-RP, 2002]), que se preocupa más por organizar un movimiento pedagógico revolucionario que una ciencia de la educación y que se consagra tanto a la redacción de artículos para los periódicos de la clase obrera como a la creación no únicamente de una sino de decenas de escuelas. En 1905, se cuentan 147 Escuelas Modernas en Cataluña, desde 1908 sólo en Barcelona hay diez con un millar de alumnos, se las encuentran por igual en Madrid, Sevilla, Málaga, Granada, Cádiz, Córdoba, Valencia...luego en Portugal, Brasil, Suiza, Países Bajos, América... Una chispa que la Revolución de 36 encendió de nuevo, no sin roces en torno a la herencia del « maestro » y cuestionamientos pragmáticos -ver N’Autre école, n° 13- (6).

 

Una « herencia-proyecto »: ir más allá de la pedagogía

 

Por fin, la pedagogía de Ferrer supera la problemática estrictamente escolar por la de la educación en un sentido amplio: apertura social de la escuela (la Escuela Moderna acoge las reuniones de grupos sindicales y anarquistas locales), conferencias en dirección de las familias y de los trabajadores del barrio, desarrollo de una editorial que propagaba textos pedagógicos y obras de propaganda, publicación del Boletín La Escuela Moderna, animación de la Liga internacional por la educación racional de la infancia... Si no es ni un pedagogo en el sentido estricto, ni un verdadero experimentador, es porque trasciende esas categorías a través de un proyecto emancipador que no circunscribe su acción ni a las paredes del aula ni siquiera a la periferia de Barcelona, sino que sueña con una educación universal. Su capacidad de movilización ejemplar, su sentido de la organización se aplican indistintamente a la acción social y a la acción pedagógica. Cuando algunos observadores (4) subrayan que, entre los herederos de Ferrer, «se encuentran antes militantes políticos que militantes pedagógicos », ¿no es eso una profunda condena de la actual ceguera social de los movimientos pedagógicos?

La herencia de Ferrer se tendría por tanto que buscar más en su acción cotidiana y su compromiso al lado de los más desamparados que en las revelaciones de una teoría acabada. El mismo Ferrer no aspiraba a brindar un sistema cerrado. La historia de la pedagogía depara demasiados ejemplos de esclerosis de tal pretensión. Se puede leer, en el primer número del Boletín de la Escuela Moderna « con el tiempo [nuestra escuela] perderá el título de moderna, vigorizará cada vez más en la continuidad de los siglos sus títulos de racional y científica. [La Escuela Moderna, capítulo 3, programa primitivo, Madrid, 1976, p. 36] ». Esa humildad se manifiesta hasta en la elección del nombre de su escuela que prefirió al final al de « Escuela emancipadora del siglo xx ». La Escuela Moderna, de acuerdo a Ferrer y a sus seguidores, se definirá  siempre como un proyecto  en devenir, cuyas debilidades iniciales, lejos de ser un obstáculo, invitan a continuos perfeccionamientos, así como lo testimonia la obra educadora de la CNT en 1936, que, aunque se colocara bajo  « la autoridad » de Ferrer, llevó mucho más lejos su acción pedagógica. Otro ejemplo,  el del portugués Adolfo Lima que veía en la Escuela Moderna la primera etapa de una larga cadena llegando a la escuela social pasando por la escuela humana, la escuela libre, la escuela integral o aún la escuela activa... Numerosos son los que destacan hoy la dinámica de esa « herencia-proyecto » (4) en que se puede basar la lucha por otra escuela y otra sociedad.

No se asesinan ideas sino individuos, acaso porque se revelan al final mucho más peligroso. A algunos meses de las celebraciones del centenario de su ejecución, recordemos quizás, detrás del símbolo, detrás de los eslóganes pedagógicos, esa enseñanza de Ferrer: son los individuos, por su acción colectiva, quienes transformarán el mundo « La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos. [La Escuela Moderna, capítulo 8, la renovación de la escuela, o. c., p. 81] » . Así escribía él.

 

 Grégory Chambat (N’Autre école, n° 21, pp. 43-45, hiver 2009)

 

[…] Hay que advertir, sin embargo, que la misión de la Escuela Moderna no se limita a que desaparezca de los cerebros el prejuicio religioso […] Si la clase trabajadora se librara del prejuicio reli­gioso y conservara el de la propiedad, tal cual exista hoy; si los obreros creyeran cierta la profecía que afir­ma que siempre habrá pobres y ricos; si la enseñanza racionalista se limitara a difundir conocimientos higiénicos y científicos y preparase sólo buenos aprendices, buenos dependientes, buenos empleados y buenos tra­bajadores de todos los oficios, podríamos muy bien vi­vir entre ateos más o menos sanos y robustos, según el escaso alimento que suelen permitir los menguados salarios, pero no dejaríamos de hallarnos entre esclavos del capital. La Escuela Moderna pretende combatir cuantos pre­juicios dificulten la emancipación total del individuo […]

F. Ferrer Guardia, Cárcel Modelo de Madrid, 1-5-1907

 

 

Los exámenes clásicos […] no dan resultado alguno […] Estos actos, que se vistan de solemnidades ridículas, parecen ser instituidos solamente para satisfacer el amor propio enfermizo de los padres, la supina vanidad y el interés egoísta de muchos maestros y para causar sendas torturas a los niños […] somos adversarios impenitentes de los indicados exámenes. En el colegio todo tiene que ser efectuado en beneficio del estudiante. Todo acto que no consiga ese fin debe ser rechazado como antitético a la naturaleza de una positiva enseñanza. (La Escuela Moderna, Madrid, 1976, pp. 87-88)

 

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Notas

1. En París, hubo violentos enfrentamientos con la policía, delante de la embajada de  España, una decena de manifestantes heridos, como el prefecto Lépine y un agente de policía que murió en un hospital. Mítines y manifestaciones tuvieron lugar en Bruselas, Gand, Amberes, Lieja, Londres, Milán, Nápoles, Nueva York (con roces en Madison), Roma, Turín, Viena, Ginebra, Praga, Chicago, etc. Bandera a media asta en el ayuntamiento de Lisboa. En Argentina, un mitin de la FORA, reunió a 20 000 obreros y llamó a una huelga general, que duró hasta el 17 de octubre. En Montevideo, todos los cuerpos de oficio dejaron también el trabajo. Fuentes: Éphéméride anarchiste.

2. El sitio de la revista Mappemonde propone un estudio y una historia de las calles Francisco Ferrer en Francia: http://www.mgm.fr/PUB/Mappemundo/

3. Inaugurado en 1911, en Bruselas, el monumento dedicado a la memoria de Francisco Ferrer firmado por el escultor Robert Gnyslens fue erigido gracias a una suscripción internacional con la inscripción: « A Francisco Ferrer fusilado en Montjuich el 13 de octubre de 1909 Mártir de la libertad de consciencia ». Desarmado durante la ocupación alemana, en la primera guerra mundial, su recolocación se hizo sin la inscripción original « Mártir de la libertad  de consciencia » borrado por los alemanes. La estatua será finalmente desplazada e instalada el 12 de octubre de 1984 frente a la Universidad Libre de Bruselas. En 1990 una copia fue inaugurada en los jardines de Montjuich en Barcelona. 

4. « Francisco Ferrer », Antonio Novoa y Conrado Vilanou, en Quinze pédagogues, leur influence aujourd’hui, bajo la direccion de Jean Houssaye, Bordas Pédagogie, 2003.

5. Ver el muy pertinente estudio de J.-P. Caro « Freinet et Ferrer » en Freinet et l’Ecole moderne, bajo la dirección d’Ahmed Lamihi, Ivan Davy éditeur, 1997.

6. « Espagne 36, l’école fait sa révolution », N’Autre école,  n° 13, otoño de 2006 (bajar en el sitio de la revista en « archives »).

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